Intelectual de izquierdas

Hace ya un par de años que escucho con frecuencia que la izquierda española necesita referentes mediáticos equiparables a Jordi Wild.

Un Jordi Wild de izquierdas.

Y me resulta extraño que alguien piense eso. Entiendo que lo que se busca es tener la capacidad de atraer masivamente a un público joven-adulto a través del vídeo, el reel y el post.

Me temo que el problema no está ahí. Eso supone comprar el marco de la batalla cultural y tratar de pelear en ella con sus mismas armas.

Pero esas armas, tan beneficiosas en la inmediatez y el cortoplacismo del vídeo corto, no tienen razón de ser cuando lo que se quiere es transmitir un razonamiento complejo.

Y la izquierda, por desgracia, es compleja por definición, tiene carácter revolucionario y, en un mundo turbo capitalista hasta la náusea, es profundamente antisistema.

Hoy en día, defender que tendría que poder pedir cita en el centro de salud para mañana o para pasado como muy tarde, se considera de izquierdas.

Loco y absurdo.

La problemática de la batalla cultural en España es que se mueve entre extremos muy poco separados entre sí. Así, resulta sencillo saltar de un lado al otro o acabar comprando propaganda fascistoide del estilo de «solo el pueblo salva al pueblo».

Entre la intelectualidad de izquierdas nadie se atreve a cuestionar las democracias liberales como lo que son: un sistema fallido que perpetúa la desigualdad, la pobreza y la muerte.

Y ojo, que no digo que haya que abandonar la democracia o desecharla, pero sí que habría que sacar de la ecuación el «liberal».

Los mercados, esos dioses supremos que dirigen toda nuestra vida y nuestro futuro, deberían estar totalmente intervenidos y controlados de tal forma que al más mínimo indicio de desigualdad se pidiesen explicaciones y se asumiesen responsabilidades.

Mientras tanto, jugamos al juego de lo woke contra lo liberal reaccionario, del ecologismo contra lo industrial. Y claro que son batallas relevantes, pero jugamos con las cartas marcadas con tal de no ampliar el debate.

Y eso descafeina el descafeinado.

Ahí están escritorxs, youtubers, músicxs, poetas enarbolando los clásicos «eso no se puede decir» con el que entran de lleno a la enésima provocación reaccionaria. Da pena porque cumplen exactamente como se espera de ellxs con aquello que deben interpretar. Se convierten en la supuesta voz de la dignidad, de los derechos humanos y de vete tú a saber qué más y, mientras tanto, colocan la pelota de la indignación sobre sus propios tejados dando por hecho que eso sigue capitalizando votos.

Pero no, ya no es así, la gente se cansa de ver a lxs demás enfadadxs por todo y sin moverse del sitio para cambiar nada.

Cuando gente en posición de privilegio (políticos, voces mediáticas, gente influyente) se ponen al frente de una manifestación mientras ostentan poder es momento de echarse a temblar.

Si en un país gobernado (supuestamente) por la izquierda, te dicen desde el poder y el privilegio que hay que hacer algo en vez de hacerlo, échate a temblar.

Por eso no creo que haga falta un tótem al que adjudicar el papel de «el gran influencer de izquierdas», creo que es mil veces más necesario hablar sobre cómo podemos derribar un sistema que se cimenta sobre la pobreza, el hambre y la desigualdad.

Algo me dice, quizás la intuición, que mientras tanto, todo lo que podemos hacer es escoger entre opciones de un espectro totalmente controlado por el poder. Es el poder quien decide cómo de izquierdas se puede llegar a ser. También decide cómo de derechas se puede llegar a ser.

Y todo lo que se sale de ese espectro no existe o más bien, se hace ver que es radical, peligroso y poco deseable.

Querer pedir cita para mañana en mi centro de salud y no poder conseguirla hasta dentro de quince días es radical, peligroso y poco deseable.

Querer vivir en mi ciudad y no poder hacerlo porque es imposible encontrar un piso a un precio asumible es radical, peligroso y poco deseable.

Querer hacer la compra incluyendo productos variados y saludables y no poder hacerlo porque es imposible pagarlo es radical, peligroso y poco deseable.

Cualquiera, insisto, cualquiera que esté en una posición de poder o de privilegio y no afronte esos problemas de frente y con acción real es radical, peligroso y poco deseable.

Todo lo demás son fuegos de artificio, echar más y más leña a la hoguera infinita del «contenido» y de la «actualidad». Podemos pasar horas, días, meses, años, lustros… podemos pasarnos la vida entera discutiendo la anécdota, el detalle o quién ocupa ahora este puesto o aquel. Hablamos de lo urgente para no hablar de lo importante.


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