Hace muchos años que practico magia. Muchos. Empecé a desarrollar el pensamiento mágico muy joven. Mi madre me utilizaba como conejillo de indias para practicar tiradas del tarot y también tiradas de tres monedas para leer el I Ching.
Después de eso, con 17 o 18 años, ella se había formado en los tres grados de un tipo determinado de Reiki que te llevan hasta la maestría y consiguió convencernos (todavía no sé bien cómo) a mi hermano, a mi yayo y a mí, para que nos formásemos al menos hasta el segundo grado.
Vale que nosotros éramos unos criajos, ¿pero el abuelo? Si tú crees que has visto a tu abuelo hacer cosas raras, piensa en él dibujando símbolos en el aire, repitiendo Jon-sa-sei-so-nem y pidiendo una conexión con su Yo Superior.
Me apasiona la ficción. Me dedico a escribir, tiene sentido que disfrute de una buena historia. En los últimos años he leído e investigado mucho sobre cómo nos relacionamos a nivel cerebral con la ficción. Cómo experimentamos las emociones que vemos, leemos o escuchamos de igual modo que si las estuviésemos viviendo. Cómo eso no nos lleva solo hasta la empatía, sino que puede ir mucho más allá, puede llegar a transformarnos por completo.
Un libro, una película, una canción, un videojuego… pueden cambiarte la vida. Y no es una forma de hablar. Puedes extraer una lección racionalizada y procesada desde el intelecto, pero también puedes experimentar emociones a niveles tan profundos que te sanen o te hagan enfermar.
La magia tiene mucho de todo eso. Al menos tal y como yo la practico. Construyes a nivel cerebral una serie de imágenes que proyectas en la misma «pantalla» de la ficción para tratar de percibir esa emoción. Cuando lo consigues algo cambia. Tu mente asume que lo que ves, no solo lo ves, también lo sientes y, por tanto, es real.
Creo en la magia, claro, si no no la practicaría. Me gusta especialmente la magia de amuletos, de talismanes y de ciertos rituales. Y me funciona tal y como debe funcionarme, sin más.
Nunca he intentado ni intentaré convencer a nadie de que crea en la magia. No tiene sentido hacerlo. Es una cuestión privada, íntima y ligada a lo que se conoce en narrativa como conflictos de fe. No tengo manera alguna de demostrarte que a mí me funciona y tú no tienes manera alguna de demostrarme que no. Es lo mismo que tratar de convencer a un ateo de que Dios existe, es un dilema irresoluble.
Es más, creo que el debate en sí mismo es poco relevante, el sistema de creencias de cada unx me parece de las poquísimas cosas que pertenecen en exclusiva al ámbito de lo personal. ¿Quieres creer en los ángeles? Perfecto. ¿Quieres creer en el Antiguo Testamento? Perfecto. ¿Quieres rezar 108 veces cada día? Genial. Respeto profundamente la fe de lxs demás.
Ojo, la fe. Las iglesias, los estados teocráticos y demás instituciones que se aprovechan de esa fe para hacer barbaridades me parecen despreciables.
Seguiré practicando magia porque forma parte de mi rutina y porque creo en la necesidad como seres humanos de practicar rituales, algo que estamos perdiendo cada vez más en lo colectivo y, por desgracia, también en lo individual.
En cuestión de años podrás mandar a un robot a que te baje al Eroski a por unos yogures. Podrás pedirle que te reserve una mesa en tu restaurante favorito cada vez que tus niveles de cortisol sobrepasen ciertos límites. Te tocará tus diez canciones favoritas con un ukelele cada vez que leyendo tus microexpresiones detecte que estás triste.
Ahora, no creo que el pinche robot, pensando sobre su vida, se prenda una vela, cierre los ojos e intente visualizarse a sí mismo de una forma diferente. Con anhelo, con convencimiento, con emoción. Porque, seguramente, considere que eso es una majadería poco práctica.
Eh. Y puede que lo sea. Pero me temo que la función principal de creer en algo jamás ha sido el pragmatismo. La creencia, al igual que la ficción, evoca, crea, narra y da esperanza. No importa si es más vana, más fantasiosa o más inconsistente, eso es lo de menos, porque nadie debería atreverse a decir jamás que la esperanza no es relevante.
Quien tiene esperanza cree en el cambio. Quien cree en el cambio tiene esperanza.
Quien cree cambia.
Quien cambia cree.