Llevo varios días con sensación de estrés excesivamente alto. En los últimos años, por desgracia, he aprendido a reconocer los momentos en los que tengo el cortisol por las nubes.
El problema es que me sube por lo externo. Cuando estoy esperando que otros cumplan con cosas que me atañen y debo perseguirlos. Puede ser una editora que me debe un mail desde hace semanas o alguien que me tiene que pasar un contrato que no me pasa o alguien que me dijo «el miércoles hago X» y estamos a viernes y el lunes me tocará recordarle de nuevo que tiene que hacer aquello que me dijo que haría hace ya meses…
La mierda es que me preocupo por cosas que no están en mis manos. Yo no puedo obligar a los demás. Es más, no conozco su situación, no sé qué es lo que motiva el retraso y, por mucho que a mí me joda, seguro que está motivado por algo. No lo justifico, simplemente trato de racionalizar para que deje de afectarme.
Porque al final solo hay algo cierto en todo esto, estamos ya casi a mediados de julio y la única realidad es que necesito descanso.
En la última ola de calor me pasé cuatro noches seguidas durmiendo fatal. Además venía de tres semanas de actividad muy alta y todo eso me pasa factura. Empiezo a anticipar el temblor del ojo izquierdo que suele acompañarme cuando todo se desmadra. También la mala hostia, la mandíbula apretada y el sobrepensamiento enfadado.
Las discusiones en la cabeza. La anticipación de decisiones drásticas e impulsivas. Los «se va a enterar», los «pues que le den por culo» y los «me parece una vergüenza».
Mira que tardé años en darme cuenta de que necesito respirar, de que para mí es obligatorio meditar, estar en paz, limpiar la mente y dejar que las cosas fluyan sin tanta presión física y emocional.
Así que ya está. Paro. Noto mi cuerpo. Destenso articulación por articulación. Destenso el pensamiento y me doy permiso: descanso. Nada es tan importante.
Nada es más importante que lo importante.