Indignadx

Seguro que recuerdas aquello a lo que se llamó el movimiento de lxs indignadxs. Sí, ya sabes, el 15M, lo de Wall Street, las primaveras, todo aquello.

Generó un impulso colectivo. Los círculos, la revitalización de muchos movimientos sociales, las asambleas, los barrios y todo lo demás.

Llegaron nuevos aires. Gente que jamás se había involucrado de forma colectiva lo hizo. Se aprovechó la fuerza del «basta ya» para construir.

Desde hace unos días tengo la sensación de que ahora lo que se busca es llevar la indignación un paso más allá, meterle una marcha más para que de la indignación se pase al desprecio y, desde ahí, al odio.

El odio, está mucho más cerca de la destrucción y apela a las vísceras y al corto recorrido. El odio se alía con la soflama, con el ruido, con el berreo. Puede generar grupo, claro, porque puede unir, pero unirse para destruir nunca genera vínculo sano a largo plazo.

La indignación contiene esperanza. Te enfadas, sí, pero porque sabes que algo es injusto, que no es como podría ser y, si somos capaces de unirnos, incluso podríamos cambiarlo.

Por eso buscan que sobrepases esa barrera. Te prefieren llenx de odio, en la emoción más sobresaturada posible, que llegues incluso a pensar que todxs se han vuelto locxs. Si actúas será enrabietado, te sumarás a alguna turba iracunda. Pero lo más probable es que no actúes porque cuando el mundo ha perdido cualquier resquicio de cordura dirás que no merece la pena.

En los últimos meses se debate acerca del papel de las redes sociales como elementos generadores de odio y distorsionadores sociales. Hay cantidad de estudios al respecto. Determinadas emociones te mantienen más tiempo enganchado al doomscrolling y te sitúan en un estado de ánimo en un punto intermedio entre la apatía y el asco.

Hace poco leía que un porcentaje elevadísimo de españolxs tiende a considerarse más listx que lxs demás. Y eso también te acerca al odio porque no serán pocas las veces que leas lo que alguien suelta en alguna red y de inmediato pienses: «es idiota».

¿Hay que apagar las redes? ¿Alejarse y no volver jamás? Ni idea. No creo que esa sea siquiera la pregunta. Quizás resulte mucho más conveniente preguntarse por qué seguimos en ellas y, ante todo, no mentirse en la respuesta.

Mientras tanto, en el tiempo que tardamos en buscarnos una justificación o una excusa, siempre podemos darle una vuelta a qué es lo que nos indigna y, desde ahí, puede que en algún momento recuperemos una pequeña ilusión por cambiar algo de ello.

Y no, no me refiero a cambiar el orden mundial, sino a hacer de tu entorno algo un poquito mejor. Hemos llegado a un punto en el que cualquier pequeño gesto puede mucho.


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