El sembrado digital

Me seduce la idea del jardín digital por lo que tiene de bucólico impostado. Se lanzan ideas al éter que pueden quedar ahí, suspendidas, y quizás algún día germinen y broten.

O quizás no. Seguramente no. Por falta de riego, de luz, de aire y de agua.

Es algo que me ha pasado mil veces.

En los últimos meses estoy enfocando mi proceso de escritura como si fuese una conversación.

Me lanzo una pregunta o una idea muy poco elaborada y luego la pongo incómoda.

La saco de su lógica, la llevo a alguna senda rara para ver si es capaz de sobrevivir por sí misma y la someto a interrogatorio chusco, de los de inspector que se cree más listo que la media y le huele el boquino a whisky y tabaco malo.

Y, claro, muchas veces se me mueren antes siquiera de entrar en la guardería.

Alguna queda. Pocas, muy pocas, terminan la secundaria y adquieren categoría suficiente como para ser tomadas como algo más que una idea.

No me frustra, al revés, me parece mil veces más maduro tratar de calibrar la permanencia de una idea que darlas todas por buenas.

Una vez escuché a alguien diciendo en un aula: «no hay ideas malas, solo malas formas de ejecutarlas».

Eso es una sandez. Lo mires como lo mires, es evidente que existen las malas ideas.

¿Está bien plantarlas y ver qué ocurre? Todavía no lo sé. Tener un jardín es estupendo, pero si no lo cuidas se te mueren las plantas.

Aquí pretendo plantar, cultivar, podar, recoger… pero que nadie le busque excesivo sentido, ni lo tiene ni lo tendrá.

Porque sí, es mi jardín, pero no está ni limpio ni ordenado. Ni lo va a estar. Porque a pesar de que está abierto y puede entrar quien quiera, esto es para lo que es: cultivo privado para consumo propio.


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