Lo dejamos pasar

Hace años que cada vez que me junto con alguien del barrio hablamos de la misma persona. Siempre, sin excepción. Se convirtió en un tema central sobre el que pivota la convivencia digital y la personal.

Esa persona transita a nivel ideológico por caminos que no nos gustan, ha abrazado posicionamientos radicales y, siempre que tiene ocasión, opta por decir que todxs lxs que no pensamos como él somos idiotxs abducidxs por las versiones oficiales.

A lo largo del último año se ha optado por animarle a abandonar los espacios colectivos digitales y se le ha empezado a dejar de lado también en los físicos. Eso, lejos de hacerle reflexionar sobre si sus planteamientos son demasiado agresivos y vehementes, le sirve de excusa para reafirmarse en algo capital: la sociedad no está preparada para escuchar la verdad y siempre que alguien la enarbola se le dará de lado para sostener la gran mentira generada por las élites.

La confrontación constante con aquel que no piensa como tú aburre. Eso es innegable. Es como jugar al frontón, lanzas la pelota contra el muro y lo único que ocurre es que rebota y regresa. El debate no solo no es posible, jamás planta semilla alguna que pudiese germinar más adelante gracias al sol y el agua de la reflexión más calmada.

La radicalización funciona así. Compras un pack completo de verdades incuestionables, te abrazas a él como si fuese una botella de oxígeno a dos mil metros de profundidad y te dedicas constantemente a explicarle a los demás que se equivocan. Porque esa es una de las claves: lxs radicales te explican cosas. Desde la soberbia. No hay espacio para la duda y, si existe alguna pregunta, casi siempre va a ser retórica.

Lo dejamos pasar. Estuvimos años viendo este tipo de comportamientos en nuestros círculos y lo dejamos pasar por evitar el conflicto. A nadie le gusta entrar en un debate en un chat en el que hay veintitantas personas. Es incómodo. Lo minimizamos: «es X con sus cosas», «ya sabes cómo se pone». Algunxs directamente optamos por marcharnos. Abandonamos determinados espacios con tal de no intervenir o como una forma de evitar el problema: si no lo veo, no me afecta.

Poco a poco, en chats, en redes, en plataformas, fueron introduciendo en la conversación temas que hace años consideraríamos incuestionables. Utilizaron el shock, el exabrupto y la barbaridad para obligarnos a defender derechos conseguidos hace décadas y que jamás deberían ser objeto de revisión si no es para ampliarlos.

Y picamos. Caímos de lleno en la trampa. A ellxs tampoco les interesa un carajo hablar de todo ello, es solo un juego de control, de manejar la conversación pública: mientras te obligo a hablar de X no puedes hablar de Y. Cuanto más ruido se genere en torno al tema que yo escoja, más sencillo me resulta que tú no puedas plantear absolutamente nada.

De paso, generando falsos debates y escenarios apocalípticos, se acostumbra a la sociedad a tragar con todo tipo de medidas distópicas y favorecer a determinadas opciones políticas desde la idea del «voto útil» o del «menos malo».

Elija usted entre todos estos tipos de mierda. Puede que esta huela mal y sepa peor, pero ni se imagina lo terriblemente malas que son aquellas de enfrente.

No creo que haya que confrontar o al menos no hay que hacerlo de la forma en la que ellxs lo esperan. Estoy convencidx de que esa ya no es la forma de plantear la supuesta batalla cultural. Entrar al trapo en plataformas que son propiedad de multimillonarios y que están controladas por algoritmos que favorecen el odio solo sirve para amplificar sus voces.

Tengo la sensación de que la confrontación es más una cuestión de resistencia grupal y algoritmos rehumanizados. Generar pequeños grupos desde los que compartir, difundir, entablar conversación y ofrecer lo que cada unx pueda. Establecer pequeños vínculos comunitarios en torno a acciones concretas y organizadas.

Defender lo políticamente correcto entendiéndolo con un significado real: porque no estamos políticamente equivocadxs, lo están los que niegan derechos humanos, lo están los que te dicen que hoy vamos a hablar del aborto, de la inmigración o de lo que sea con tal de marcar el tema y el tono de la conversación, lo están quienes oprimen, insultan o menosprecian a todo el que no abraza «la verdad» o «el sentido común» o quienes generan opinión o la construyen pensando más en el algoritmo que en la responsabilidad social de difundir según qué cosas.

No lo dejemos pasar más. Y no, no se trata de pelear, de batallar, de guerrear o cualquier otro verbo del campo de lo bélico, se trata de construir, de generar, de compartir y de ofrecer.


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