A finales de los 90 y principios de los 2000 andaba metido en el mundillo de las bandas de punk y, por añadidura fraternal, en el del rap. Allí era súper frecuente querer ser el más underground de todxs.
Cualquier cosa que se saliese del callejón más infecto y el desparrame más absoluto era tachado inmediatamente como propio de vendidxs y, por supuesto, mainstream.
Era curioso. Se generaba una competición por ver quién era el que se quedaba más fuera del sistema porque eso legitimaba para colgarse la medalla del más auténticx, de lxs únicxs con la capacidad de juzgar a lxs demás y mirarlxs por encima del hombro.
De algún modo, me parecía que había gente dispuestx a construir el relato de sí mismxs. Autoproclamarse malditxs, irreverentes, outsiders, los cien por cien reales, pero no con hechos, sino con una campaña constante girando en torno a «nosotrxs sí que somos reales».
Esto ocurre constantemente en las cosas culturales desde la llegada de las redes y ya antes con los blogs y demás. Pero resulta un poco más ridículo si cabe. Al menos aquellxs punkis y aquellxs raperxs tenían que forzar la pose en los garitos, en los parques y en los conciertos.
Ahora no. Ahora basta con ser el más maldito de la internet.
Wow.
Las poses siguen siendo impostadas, pero todo es mucho más relajado porque se puede ser malditx tranquilamente desde casa con unas zapatillas del tiger.
Es mil veces más cómodo y, como ya no se exige nada más, igual de útil.