Hace unos años arrancaron unas obras complejas para rehabilitar una parte de una playa urbana. Tiraron dos viejos restaurantes (que eran un vestigio de los pelotazos urbanísticos más hardcore del tardofranquismo) con la intención de recuperar una duna, retranquear el paseo y ganar unos cuantos metros de playa quitando cemento.
Bien, lo hicieron. Tardaron, sí, pero lo hicieron.
Sin embargo, terminada la obra, colocaron un chiringuito. Está a apenas veinte metros de la arena. En el espacio que queda en medio hay mesas, tumbonas y el «nuevo paseo».
Está abierto desde semana santa hasta halloween. Seis meses al año. Y es un chiringuito de playa. Ahora mismo hay conciertos todas las semanas, en verano hay conciertos todos los días.
No tengo nada en contra de la música en directo, al revés, me encanta.
No tengo nada en contra de que la gente disfrute de tomarse algo en una terracita, a mí no me encanta, pero entiendo que a otra gente le chifle.
El problema es cuando el ruido y el consumo acaparan el espacio público y nos deja sin alternativas a los que simplemente queremos pasear.
Porque no tiene sentido. No me parece compatible recuperar una duna pensando en la naturaleza, que vuelvan las aves y tener un arenal más extenso con un grupo de versiones todas las tardes a las siete. No es algo que maride bien.
Y una vez más me hace pensar en cómo hemos ido articulando la socialización en torno a espacios de consumo (sin entrar siquiera en todas las veces en que ese consumo es de alcohol).
Me entristece pensar en que no podamos ir a pasear por sitios comunes sin tener que sí o sí lidiar con la aglomeración y el jaleo que convierten, una vez más, un lugar tranquilo en el bullicio de la caña, el pincho y el grupo de cuarentones tocando una de Coque Malla y una de Loquillo.
Creo que además hay una dimensión un poco más profunda que mi sensación de haber sido traicionado o de que tengo que buscarme sitios nuevos para caminar: ¿van las nuevas generaciones al parque? ¿bajan en grupo a echar la tarde comentando sus vainas sin necesidad de mesas y sillas de cocacola? No lo sé, la verdad, dios me libre de asegurar algo así sin tenerlo claro.
Veo grupos en los parques de calistenia. Veo grupos en los skatepark. También, los más, en centros comerciales.
Quizás solo soy yo haciéndome viejo.
Ahora, solo un último detalle. Ese chiringuito del que hablo está gestionado por la misma gente a la que en su día le dieron la licencia para el restaurante que acabaron derribando años después.
Mamoneos viejos. Mamoneos nuevos. Y de un modo u otro te venden que están recuperando espacios verdes y naturales y lo que te dan de verdad son más y más terrazas con las que reventarte la cabeza y en las que malpagar a unas cuantas camareras de temporada.